Estar aquí y allá, allá, aquí, donde la sombra se atreve a mirarte y alejarla con un aleteo de ojos que ni las alas de los pájaros pueden alcanzar. Estar aquí y allá, allá, aquí. Sumergirse en el silencio del instante, pedirle al tiempo palabras que en el momento no llegan. Atinar sin atino al destino y cubrir la memoria de los años de materia etérea. Donde el corazón no viene, la razón va. Donde la razón no va, el corazón viene.
Qué será de mí cuando la nieve quiera quedarse en los enredos de mis cabellos. Cuando venga a dibujar la vejez vestida de arruga breve y quiera quedarse, sin contemplaciones, en mis noches grises. Qué será de aquello que me fue dado. De mis recuerdos y mis nostalgias. De mis años entregados y mis creencias. ¿Acaso no serán ausencias imperfectas de los días que nos quedan? Dónde irán el balbuceo de mi voz, el sonido lento del balanceo de mi cuerpo, las palabras que ya no pueda pronunciar porque el tiempo las haya silenciado. Dónde. Quizá la tierra sepa guardarme consigo bajo la sombra de un árbol milenario.
Un caer de vientos que arrastra arena de la tibia melancolía. Es un caer que despeina montañas atiborradas de verde espesura. La lechuza imita el color de lo siniestro y todo lo oscurece la noche que llega lenta pero a su hora, lenta pero perfectamente acomodada a ese caer del cielo.
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