Qué será de mí cuando la nieve quiera quedarse en los enredos de mis cabellos. Cuando venga a dibujar la vejez vestida de arruga breve y quiera quedarse, sin contemplaciones, en mis noches grises. Qué será de aquello que me fue dado. De mis recuerdos y mis nostalgias. De mis años entregados y mis creencias. ¿Acaso no serán ausencias imperfectas de los días que nos quedan? Dónde irán el balbuceo de mi voz, el sonido lento del balanceo de mi cuerpo, las palabras que ya no pueda pronunciar porque el tiempo las haya silenciado. Dónde. Quizá la tierra sepa guardarme consigo bajo la sombra de un árbol milenario.
Estar aquí y allá, allá, aquí, donde la sombra se atreve a mirarte y alejarla con un aleteo de ojos que ni las alas de los pájaros pueden alcanzar. Estar aquí y allá, allá, aquí. Sumergirse en el silencio del instante, pedirle al tiempo palabras que en el momento no llegan. Atinar sin atino al destino y cubrir la memoria de los años de materia etérea. Donde el corazón no viene, la razón va. Donde la razón no va, el corazón viene.
No podemos respirar sin la certeza de hacerlo. Se nos derrumba el aire entre las nasales fosas que rugen sin aliento. No podemos desencadenar una respuesta sin estímulo que nos la condicione. O tal vez sí. No hay certeza en el hoy y sí hay certeza en el mañana. Todo se confirma. Hasta las ganas, aunque se desarmen las tinieblas. No hay luz sin una oscuridad que haga sombra a su destino. Toda certeza tiene su eternidad en el rincón de la sabiduría. Las palabras están hechas para sumergirse en el acto de reescribirlas. No podemos soñar sin la certeza de estar dormidos aunque despiertos caigamos en el olvido de los sueños. Y así, de certezas y de no certezas, cae la tarde a través de la retina del tiempo.
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